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QUIÉN ESTÁ DETRÁS
Soy Natalia,
fundadora de Llaura.
¿Qué significa realmente visitar un lugar? ¿Es posible hacerlo sin atravesarlo, sin reducirlo a una experiencia de consumo, sin dejar una huella que desequilibre lo que ya existe?
Para intentar responder a eso, decidí formarme en turismo.
Años después, viajando por Asia, algo terminó de encajar. Lejos de los templos, monumentos y playas idílicas —lugares que, impulsados por blogs, guías como Lonely Planet o los foros de Facebook de entonces, acaban siendo conocidos por todos y, con el tiempo, saturados— descubrí otra forma de viajar. Aparecía en lo inesperado. En las personas que se cruzaban en el camino sin haberlo planeado. En quien te invita a una boda local. En quien se acerca por curiosidad, te pregunta de dónde vienes y termina abriéndote la puerta de su casa. En quien, al verte perdida en el metro de Bangkok, te dibuja en un papel cómo moverte por la ciudad y te dice que no hagas caso a Google Maps, que sigas esas indicaciones.
Lo que hace memorable un viaje no es el lugar convertido en imagen, sino el vínculo que construyes con él.
La hospitalidad, el conocimiento compartido, lo que queda fuera de lo planificado y, sin embargo, es lo que termina dando sentido a todo lo demás. Incluso, y a pesar de, ese impulso constante de querer verlo todo, de no perderse nada.
Hace unos años me mudé a Barcelona y empecé a trabajar en una empresa del sector de viajes corporativos. Fue una etapa importante de aprendizaje, pero también me permitió ver con claridad la distancia entre ese modelo de turismo y la forma en la que yo entendía que podía aportar al sector, desde mi experiencia y desde lo que una ciudad como Barcelona vive frente al turismo.
Barcelona terminó de darle forma a todo esto. Es una ciudad viva, compleja y llena de historias, pero también profundamente tensionada por la presión turística, con consecuencias reales en cuestiones como el acceso a la vivienda, el equilibrio de los barrios o la relación entre quienes llegan y quienes la habitan. Observar esa tensión de cerca me llevó a replantearme cuál era mi lugar dentro de este sector y qué responsabilidad asumimos quienes formamos parte de él.
Llaura nace desde ahí. No como una solución perfecta, sino como un intento honesto de hacer las cosas de otra manera.
Y en ese gesto de cómo miramos y habitamos un lugar, también se decide qué tipo de turismo estamos construyendo.
Soy argentina y crecí cerca del mar, en una ciudad atravesada por el ritmo del turismo estacional: veranos intensos, llenos de vida y movimiento, e inviernos más silenciosos, donde la ciudad volvía a ser de quienes vivían en ella. Aprendí pronto que un mismo lugar puede cambiar por completo según quién lo mire y en qué momento se habite.
Desde pequeña entendí también lo que implica vivir en un sitio que muchas veces se percibe como un lugar de paso. Un espacio que, en ciertos momentos, se desborda para responder a una necesidad concreta y pasajera. En Mar del Plata, mi ciudad, eso se traducía en días de playa, espectáculos en la rambla o en la plaza, cenas en el puerto, el teatro de revista. Una forma de estar intensa, pero breve, muy centrada en el disfrute inmediato.
Con la llegada de la temporada alta, ese ritmo traía consigo otras cosas: aglomeraciones, presión sobre el entorno, servicios saturados y, poco a poco, cierto malestar en quienes sostienen la ciudad durante todo el año. Incluso siendo niña, ese contraste ya dejaba entrever que no todas las formas de viajar, ni de habitar un lugar, tienen el mismo impacto.